Las contradicciones del liberal cristiano
En este post de liberalismo.org se desmontan las afirmaciones de Akin con las que pretende justificar la ilegalización de la Iglesia católica. Que conste que los razonamientos de Akin no hay por donde cogerlos, y que la crítica que aquí reseñamos es demoledora. Sin embargo, algunos de los argumentos usados son bastante endebles y desde luego, la conclusión, indirectamente conlleva una crítica a la Iglesia que parecía defender. El principio es realmente lo peor. Tildar a la izquierda de totalitarista o defensora del pensamiento único es una generalización que se suele aplicar también a la derecha, y que en cualquiera de los dos casos es simplista. No hay un sólo argumento para generalizar de esa manera. Ejemplos históricos los hay para las dos afirmaciones, pero siempre hablando de deformidades tanto socialistas como de derecha reaccionaria, curiosamente, integradas las últimas en lo más granado de la sociedad eclesiástica. El ideal de la izquierda no es el pensamiento único. Es la igualdad. El problema es que en la izquierda radical tal ideal de igualdad se impone sobre los de libertad y fraternidad. Un liberalismo abierto y dialogante (por favor no confundir dialogante con el pseudodiálogo ZP), lucha para lograr un equilibrio tenso pero eficaz entre esos tres valores.
No se consigue desmontar el argumento de que una ética basada en lo divino es incapaz de regir una sociedad abierta. La historia nos ha dado muestras continuas de que la religión, en particular para occidente la iglesia católica, ha sido el bastión esgrimido para azotar a los débiles, a los hambrientos y a todos aquellos que osaran poner en cuestión el poder establecido. Sin embargo, la alternativa ofrecida por Akin es bastante simplista, ya que una ética creada desde el consenso no es ética, es política, y se encuentra como tal sujeta a los vaivenes de los acontecimientos. Pero decir que la única alternativa a la ética cristiana es un relativismo ético es entrar en el simplismo del nuevo papa, que puso a muchos los pelos de punta con sus no-razonamientos de la homilia prepapal. Basta con leer un poco para encontrar modelos muy serios, propuestas éticas flexibles pero no dejadas al calor de la mayoría y que sin embargo también disuelven el peligro totalitario de una moral revelada, eterna y que no busca sino imponerse a toda costa. La declaración universal de los derechos humanos puede tener unas raices históricas que se hunden en el reconocimiento de unos derechos no escritos, naturales, que quizás hundan sus raíces en la moral cristiana, pero que son enunciados precisamente en un contexto que busca acabar con los abusos de un poder habitualmente generado por el uso indiscriminado de la fuerza y sancionado por los poderes eclesiásticos.
Es cierto que un modelo ético no necesita ser refrendado por todos de manera universal para funcionar. Entre otras cosas porque eso es del todo imposible. Pero precisamente por ello, la Iglesia y sus poderes terrenales han impuesto durante siglos tales modelos morales por la fuerza, el castigo y el miedo. Leyendo cualquier artículo vinculado a la Iglesia estos días se aprecia la nostalgia, la indignación, al no poder interferir en las disposiciones del gobierno. Se aprecia una nostalgia de otros tiempos, una pataleta de tener que usar cauces democráticos para imponer su Dignidad, su idea del mundo. Y es que cualquier dogma moral que se precie, incluido el dogma católico, es fagocitario, busca imponerse sobre todos los demás a toda costa. Sólo hay una Verdad, sólo hay un modelo de Hombre, sólo hay un modelo de Matrimonio. Se pueden dar razones para criticar el matrimonio entre homosexuales. Pero la Iglesia en ese sentido llega al absurdo en cuanto que está criticando una modificación a una unión, la civil, a la que nunca le ha reconocido ningún tipo de valor moral desde los púlpitos.
En definitiva, la Iglesia es libre de salir a la calle y tratar de dar a conocer su repulsa ante determinadas acciones del gobierno. No seré yo quien critique eso, y si que puede verse cierta inclinación al pensamiento único en el que trata de impedirlo. Sin embargo, el problema es otro: no se trata aquí de entablar una discusión ante los poderes reales. Cuando todo está reglado de una forma única, revelada, la manifestación pública de la protesta es simplemente un "apaño" ante la imposibilidad de imponer la Verdad.
Un modelo liberal ha de proponer una ética mínima de convivencia, donde se respeten unos derechos mínimos que aparezcan positivados en las leyes. Pero ha dejar abierto el camino para que cada uno se atenga a un determinado despliegue normativo, que sólo tendrá como límite las propias leyes. Esto parece llevar, en entornos neoconservadores, a la comparación con el imperio de la ley nazi. Argumentación por otra parte ridícula. Un Estado democrático y bien formado ha de tener en su seno la posibilidad de romper el contrato cuando este es incumplido de forma flagrante por la otra parte integrante del pacto, el gobernante. El imperio de la ley tiene sus límites en un sistema democrático.
No entiendo, por otra parte, esa certeza sobre el caracter totalitario de la ciencia. No existe una sola razón para creer que tal cosa está sucediendo. La acción científica, sus logros y sus efectos, están sujetos también a la ley. Si esta, ante nuevos avances y nuevos peligros ha de modificarse, se modifica. Un sistema de derecho está preparado para nuevos despliegues fenoménicos. Un dogma moral no.
Desde la izquierda no hay un sólo modo de conocer la verdad. Esa es la izquierda dogmática, muy similar en contenido, alcance y consecuencias catastróficas a la derecha más radical. Derecha en la que se encuadra la Iglesia política y gran parte de sus fieles. Evidentemente la Iglesia no pretende, como tú afirmas, orientar la acción del gobierno; trata de implementar al máximo sus beneficios y su influencia en la sociedad. Sin embargo, desde el momento en que no puede convertir esa influencia en obligación, no entiendo porque se ha de evitar que los católicos se manifiesten o critiquen todo lo que quieran. Otra cosa es quitarles todos los vergonzosos privilegios de los que gozan actualmente, un bochorno para cualquier democracia liberal que se precie.
Finliza la argumentación mostrando que el matrimonio ha de ser una institución fuera del estado, esto es, de caracter moral. Eso implicaria, por poner un ejemplo habitual, que un empleado no pudiese dejar su trabajo y acudir a cuidar de su cónyuge, enfermo en el hospital, sin miedo a ser despedido. Por no hablar de cuestiones como embarazos, que dejarían totalmente desprotegidos a los empleados frente a los empresarios. El matrimonio como entidad civil y de derecho es uno de los pilares fundamentales de un Estado de derecho.
Y aquí, donde asoma el liberal radical es donde más absurda parece la defensa de la Iglesia como entidad política. ¿Cómo es posible defender la enseñanza de la religión es las escuelas públicas? ¿Cómo es posible que parte del dinero recogido por Hacienda vaya a parar a una entidad de carácter privado? ¿Cómo es posible aceptar que el Estado haga préstamos a una entidad privada a fondo perdido? ¿Cómo es posible que un liberal radical acepte todo esto y pase de puntillas ante tales contradicciones? Así es la derecha española: patética. Resulta dificil, por no decir imposible, aunar una política económica de corte liberal extremo con una ideología nacionalcatólica que busca la máxima injerencia en el estado.
Cito aquí textualmente el final del post:
"El liberalismo desemboca en diversidad, en acuerdos voluntarios, en libertad. Personas distintas, fines distintos, proyectos vitales distintos. La izquierda sólo busca la identidad más absoluta; la verdad ha sido revelada y sólo cabe someterse a ella a través del uso deliberado de la fuerza. Quien no lo haga debe ser, en consencuencia, eliminado... o ilegalizado."
No voy a negar que a una parte de la izquierda podría aplicarse esta afirmación. Pero también he de decir que si sustituimos "la Izquierda" por "la Iglesia católica" nos encontraríamos con una afirmación muy acertada, sobre la que este post pasa de puntillas de una forma muy, muy descarada.
No se consigue desmontar el argumento de que una ética basada en lo divino es incapaz de regir una sociedad abierta. La historia nos ha dado muestras continuas de que la religión, en particular para occidente la iglesia católica, ha sido el bastión esgrimido para azotar a los débiles, a los hambrientos y a todos aquellos que osaran poner en cuestión el poder establecido. Sin embargo, la alternativa ofrecida por Akin es bastante simplista, ya que una ética creada desde el consenso no es ética, es política, y se encuentra como tal sujeta a los vaivenes de los acontecimientos. Pero decir que la única alternativa a la ética cristiana es un relativismo ético es entrar en el simplismo del nuevo papa, que puso a muchos los pelos de punta con sus no-razonamientos de la homilia prepapal. Basta con leer un poco para encontrar modelos muy serios, propuestas éticas flexibles pero no dejadas al calor de la mayoría y que sin embargo también disuelven el peligro totalitario de una moral revelada, eterna y que no busca sino imponerse a toda costa. La declaración universal de los derechos humanos puede tener unas raices históricas que se hunden en el reconocimiento de unos derechos no escritos, naturales, que quizás hundan sus raíces en la moral cristiana, pero que son enunciados precisamente en un contexto que busca acabar con los abusos de un poder habitualmente generado por el uso indiscriminado de la fuerza y sancionado por los poderes eclesiásticos.
Es cierto que un modelo ético no necesita ser refrendado por todos de manera universal para funcionar. Entre otras cosas porque eso es del todo imposible. Pero precisamente por ello, la Iglesia y sus poderes terrenales han impuesto durante siglos tales modelos morales por la fuerza, el castigo y el miedo. Leyendo cualquier artículo vinculado a la Iglesia estos días se aprecia la nostalgia, la indignación, al no poder interferir en las disposiciones del gobierno. Se aprecia una nostalgia de otros tiempos, una pataleta de tener que usar cauces democráticos para imponer su Dignidad, su idea del mundo. Y es que cualquier dogma moral que se precie, incluido el dogma católico, es fagocitario, busca imponerse sobre todos los demás a toda costa. Sólo hay una Verdad, sólo hay un modelo de Hombre, sólo hay un modelo de Matrimonio. Se pueden dar razones para criticar el matrimonio entre homosexuales. Pero la Iglesia en ese sentido llega al absurdo en cuanto que está criticando una modificación a una unión, la civil, a la que nunca le ha reconocido ningún tipo de valor moral desde los púlpitos.
En definitiva, la Iglesia es libre de salir a la calle y tratar de dar a conocer su repulsa ante determinadas acciones del gobierno. No seré yo quien critique eso, y si que puede verse cierta inclinación al pensamiento único en el que trata de impedirlo. Sin embargo, el problema es otro: no se trata aquí de entablar una discusión ante los poderes reales. Cuando todo está reglado de una forma única, revelada, la manifestación pública de la protesta es simplemente un "apaño" ante la imposibilidad de imponer la Verdad.
Un modelo liberal ha de proponer una ética mínima de convivencia, donde se respeten unos derechos mínimos que aparezcan positivados en las leyes. Pero ha dejar abierto el camino para que cada uno se atenga a un determinado despliegue normativo, que sólo tendrá como límite las propias leyes. Esto parece llevar, en entornos neoconservadores, a la comparación con el imperio de la ley nazi. Argumentación por otra parte ridícula. Un Estado democrático y bien formado ha de tener en su seno la posibilidad de romper el contrato cuando este es incumplido de forma flagrante por la otra parte integrante del pacto, el gobernante. El imperio de la ley tiene sus límites en un sistema democrático.
No entiendo, por otra parte, esa certeza sobre el caracter totalitario de la ciencia. No existe una sola razón para creer que tal cosa está sucediendo. La acción científica, sus logros y sus efectos, están sujetos también a la ley. Si esta, ante nuevos avances y nuevos peligros ha de modificarse, se modifica. Un sistema de derecho está preparado para nuevos despliegues fenoménicos. Un dogma moral no.
Desde la izquierda no hay un sólo modo de conocer la verdad. Esa es la izquierda dogmática, muy similar en contenido, alcance y consecuencias catastróficas a la derecha más radical. Derecha en la que se encuadra la Iglesia política y gran parte de sus fieles. Evidentemente la Iglesia no pretende, como tú afirmas, orientar la acción del gobierno; trata de implementar al máximo sus beneficios y su influencia en la sociedad. Sin embargo, desde el momento en que no puede convertir esa influencia en obligación, no entiendo porque se ha de evitar que los católicos se manifiesten o critiquen todo lo que quieran. Otra cosa es quitarles todos los vergonzosos privilegios de los que gozan actualmente, un bochorno para cualquier democracia liberal que se precie.
Finliza la argumentación mostrando que el matrimonio ha de ser una institución fuera del estado, esto es, de caracter moral. Eso implicaria, por poner un ejemplo habitual, que un empleado no pudiese dejar su trabajo y acudir a cuidar de su cónyuge, enfermo en el hospital, sin miedo a ser despedido. Por no hablar de cuestiones como embarazos, que dejarían totalmente desprotegidos a los empleados frente a los empresarios. El matrimonio como entidad civil y de derecho es uno de los pilares fundamentales de un Estado de derecho.
Y aquí, donde asoma el liberal radical es donde más absurda parece la defensa de la Iglesia como entidad política. ¿Cómo es posible defender la enseñanza de la religión es las escuelas públicas? ¿Cómo es posible que parte del dinero recogido por Hacienda vaya a parar a una entidad de carácter privado? ¿Cómo es posible aceptar que el Estado haga préstamos a una entidad privada a fondo perdido? ¿Cómo es posible que un liberal radical acepte todo esto y pase de puntillas ante tales contradicciones? Así es la derecha española: patética. Resulta dificil, por no decir imposible, aunar una política económica de corte liberal extremo con una ideología nacionalcatólica que busca la máxima injerencia en el estado.
Cito aquí textualmente el final del post:
"El liberalismo desemboca en diversidad, en acuerdos voluntarios, en libertad. Personas distintas, fines distintos, proyectos vitales distintos. La izquierda sólo busca la identidad más absoluta; la verdad ha sido revelada y sólo cabe someterse a ella a través del uso deliberado de la fuerza. Quien no lo haga debe ser, en consencuencia, eliminado... o ilegalizado."
No voy a negar que a una parte de la izquierda podría aplicarse esta afirmación. Pero también he de decir que si sustituimos "la Izquierda" por "la Iglesia católica" nos encontraríamos con una afirmación muy acertada, sobre la que este post pasa de puntillas de una forma muy, muy descarada.