Terror, ideología y Ciudadanos de Cataluña
Me habéis dejado estupefacto, chicos y chicas, militantes de derechas y militantes de izquierdas...
Para unos, Ciudadanos de Cataluña es un partido populista que durará un suspiro, y que sólo recoge votos de los extravagantes animales de barra que predican las desgracias de España a los cuatro vientos y culpan siempre de ello a los políticos tradicionales. Señor Rajoy: comparar a Ciudadanos con el GIL hace dudar sobre su capacidad intelectual o estremecerse por la perversidad de sus mentiras.
Los otros se dedican a sacar las trompetas del Apocalipsis; algunos, que andan por estos lares progresistas, usan un sólido argumento para identificar a Ciudadanos con la extrema derecha: que a Jiménez Losantos esos tipos le caen simpáticos. No voy a ponerme a reflexionar sobre si Federico tiene aún un corazón liberal o si éste ha sido exterminado por los microbios pinochetistas (A Don Ricardo le dedico esta frase), pero me baste con decir que Federico en Cataluña apoyaría a cualquier partido que no sea de izquierdas ni nacionalista. Como el PP allí no defiende de manera efectiva los intereses de la derecha, tampoco cuenta. Y vosotros que tal, Ciudadanos.
Resumiendo, que todos tenían un poco de miedo. Ciudadanos podría acoger a votantes tanto de la izquierda moderada como de la derecha idem, y así ha sido, creo. Muchos ciudadanos, hartos de tonterías ideológicas, de nacionalismos preilustrados, de palabras vanas y de treses por ciento se han animado por una nueva esperanza.
Pero no nos engañemos; Ciudadanos es todavía un humo, un vapor indefinible que no sabemos por donde va a salir. Sus principios, con un vago aire de familia republicana clásica, son demasiado etéreos como para generar certeza alguna.
En cualquier caso, este post no es para ensalzar las virtudes de ese partido, sino para lanzar el guante de la vergüenza a aquellos que, sin ser capaces de dar ningún argumento ni prueba alguna, han tratado de engañar de una forma repugnante a lectores y militantes para seguir disfrutando de las prebendas del poder y sus amistades. Claro está, por supuesto, que sin audiencias dóciles capaces de convencerse con el movimiento de un dedo acusador sin pensamiento alguno que lo acompañe, de poco hubiesen servido sus tonterías servidas en bandejas de plata.
Para unos, Ciudadanos de Cataluña es un partido populista que durará un suspiro, y que sólo recoge votos de los extravagantes animales de barra que predican las desgracias de España a los cuatro vientos y culpan siempre de ello a los políticos tradicionales. Señor Rajoy: comparar a Ciudadanos con el GIL hace dudar sobre su capacidad intelectual o estremecerse por la perversidad de sus mentiras.
Los otros se dedican a sacar las trompetas del Apocalipsis; algunos, que andan por estos lares progresistas, usan un sólido argumento para identificar a Ciudadanos con la extrema derecha: que a Jiménez Losantos esos tipos le caen simpáticos. No voy a ponerme a reflexionar sobre si Federico tiene aún un corazón liberal o si éste ha sido exterminado por los microbios pinochetistas (A Don Ricardo le dedico esta frase), pero me baste con decir que Federico en Cataluña apoyaría a cualquier partido que no sea de izquierdas ni nacionalista. Como el PP allí no defiende de manera efectiva los intereses de la derecha, tampoco cuenta. Y vosotros que tal, Ciudadanos.
Resumiendo, que todos tenían un poco de miedo. Ciudadanos podría acoger a votantes tanto de la izquierda moderada como de la derecha idem, y así ha sido, creo. Muchos ciudadanos, hartos de tonterías ideológicas, de nacionalismos preilustrados, de palabras vanas y de treses por ciento se han animado por una nueva esperanza.
Pero no nos engañemos; Ciudadanos es todavía un humo, un vapor indefinible que no sabemos por donde va a salir. Sus principios, con un vago aire de familia republicana clásica, son demasiado etéreos como para generar certeza alguna.
En cualquier caso, este post no es para ensalzar las virtudes de ese partido, sino para lanzar el guante de la vergüenza a aquellos que, sin ser capaces de dar ningún argumento ni prueba alguna, han tratado de engañar de una forma repugnante a lectores y militantes para seguir disfrutando de las prebendas del poder y sus amistades. Claro está, por supuesto, que sin audiencias dóciles capaces de convencerse con el movimiento de un dedo acusador sin pensamiento alguno que lo acompañe, de poco hubiesen servido sus tonterías servidas en bandejas de plata.